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24 de noviembre de 2025En España estamos más que acostumbrados al uso de perros detectores para la búsqueda de explosivos, de drogas, desaparecidos o dinero. Sin embargo, la biodetección es una especialidad relevante que no debemos olvidar.
La biodetección, desde el punto de vista de la conservación de la biodiversidad, se entiende por el seguimiento de un marcador olfativo para identificar compuestos, sustancias o especies animales o vegetales. Esta técnica, principalmente, se lleva a cabo mediante perros (biodetección canina) o dispositivos (biosensores).
Ambas formas comparten un objetivo común, que es proteger la fauna y la flora mediante perros y/o dispositivos. Las tareas para la fauna en específico buscan identificar la presencia de una especie animal depredadora, una en peligro o una enferma para luego monitorear sus movimientos o protegerla. Las de flora en su caso, buscan identificar especies vegetales que puedan presentar una enfermedad o que sean parte de una plaga para limitar la propagación y proteger el entorno.
Los sistemas de biodetección, tecnológicamente hablando, avanzan con rapidez, pero en la práctica presentan varias limitaciones. Esta forma se apoya en sistemas como cámaras de fototrampeo, cámaras de cartografía o mapeo, drones o sensores GPS puestos en los animales para monitorear e identificar el objetivo.
A pesar de que los drones y las cámaras de mapeo son herramientas avanzadas, su coste y baja versatilidad ante unas condiciones climatológicas adversas o ante un terreno frondoso, su efectividad se ve afectada. Las cámaras de fototrampeo, siendo de las alternativas más económicas para llevar a cabo las tareas de biodetección, tampoco son versátiles y obligan a ir en persona a dejarla en un sitio estratégico y recogerla después de un tiempo sin asegurar que ha obtenido imágenes del objetivo. Pasa algo parecido con los GPS, que en caso de una especie animal, obligan a capturarla para colocar el dispositivo.
La biodetección canina, aprovecha el olfato de los perros para detectar olores específicos asociados a restos biológicos (heces, pieles, plumas…), a ciertas enfermedades y a los olores que puedan emitir los seres vivos.
Se utilizaron por primera vez en Nueva Zelanda alrededor de 1890. Por aquel momento, las autoridades querían contabilizar la población de sus aves autóctonas y saber el nivel de amenaza que tenían (Origen del uso de los perros biodetectores).
Actualmente ya hay perros trabajando para detectar enfermedades en las cosechas como por ejemplo la Little Cherry Disease LCD (enfermedad de la cereza pequeña), una afección incurable que arruina cosechas enteras. Antes, la detección dependía de pruebas de laboratorio (PCR), un método confiable pero lento y caro. Ahora, se utilizan los perros y ayudan a detectar la enfermedad antes de que la situación sea irreversible, gracias a las bajas concentraciones de esta enfermedad que pueden detectar los perros, algo que las PCRs no siempre lograban.
Nuestro proyecto Otso confía en las capacidades de los perros para detectar y monitorear los movimientos y restos biológicos del lobo, el objetivo es rastrear al lobo, pero para dos cosas: protegerlo como especie y garantizar una buena convivencia con los ganaderos.
Los perros de conservación no sólo son eficaces, sino también rentables. Además, al identificar estas amenazas a tiempo, se pueden implementar medidas de control que protejan la biodiversidad y la salud del entorno natural, convirtiendo al perro en el aliado número uno para proteger nuestros ecosistemas.




