
🐕🔬 Decodificando el «Aroma» del COVID-19
3 de febrero de 2026Una de las preguntas que más se nos repite es a cuánto “olor” equivale nuestro cebo: cuánto olor genera exactamente y si ese olor se puede comparar con el que generaría la misma sustancia en otra cantidad diferente. Y aunque nos gustaría poder dar una respuesta clara y directa, la realidad es que no podemos hacerlo, porque el problema es profundamente complejo.
Estamos acostumbrados a pensar que, si hay más cantidad de algo, debería oler más. Sin embargo, con el olor esto no es tan simple. No existe una relación necesariamente directa ni lineal entre la cantidad total de una sustancia y el olor percibido. La idea clave que conviene tener clara desde el principio es esta: el olor no depende de cuánto sólido haya, sino de cuántas moléculas pasan al aire y de cómo interactúan con el entorno.
Para entenderlo mejor, es importante empezar por las características físico-químicas de las sustancias. Estas son propiedades intrínsecas de cada molécula: la molécula es como es y, por ello, se comporta de una manera concreta. Algunas moléculas son volátiles y pasan fácilmente a fase vapor (ejemplo del solido verde, imagen 1); otras no lo son (ejemplo del solido amarillo, imagen 1), pero se degradan o se transforman en compuestos volátiles que sí percibimos como olor; y existen sustancias que directamente no se volatilizan y que, por eso, definimos como que “no huelen” (ejemplo del solido naranja, imagen 1). Estas propiedades determinan qué moléculas llegan al aire, cuántas lo hacen y a qué ritmo, y constituyen la base del olor característico de cada sustancia.
A estas propiedades propias de la sustancia hay que añadir el papel del entorno. La temperatura y la presión influyen directamente en la cantidad de olor que se libera. Normalmente, a mayor temperatura, mayor volatilización y mayor percepción inicial del olor, pero también una menor duración en el tiempo, como se ve en el ejemplo del termómetro rojo, imagen 2). Un ejemplo cotidiano es el de los perfumes: en invierno duran más, mientras que en verano su olor es más intenso, pero desaparece antes.
La humedad, las corrientes de aire y el volumen del espacio donde se encuentra la sustancia son igualmente determinantes. El olor no se comporta igual en un espacio cerrado que en el exterior, ni si la sustancia está contenida en una caja dentro de un garaje húmedo o completamente expuesta al aire. Como consecuencia, la cantidad de moléculas en fase vapor puede variar mucho incluso para la misma cantidad de material sólido. Por eso, grandes cantidades de una sustancia pueden generar la misma concentración de olor que cantidades de sólido mucho menores en condiciones distintas. El olor no es algo que simplemente “se sume”, como ocurre con el peso: más cantidad de sustancia no implica necesariamente más olor.
Calcular esa concentración de olor en el aire es extremadamente complejo, ya que exige tener en cuenta todas estas variables al mismo tiempo. Pero incluso si pudiéramos controlar todas las variables externas, aún quedaría un factor clave: entender cómo funciona el “instrumento” que percibe el olor.
En el caso de los perros, ese instrumento es su sistema olfativo. Dependiendo de las propiedades físico-químicas de las moléculas y de su afinidad por los receptores olfativos, la respuesta puede ser muy diferente. En algunos casos, concentraciones muy bajas son suficientes para generar una respuesta intensa, llegando a saturar los receptores. En otros, se necesita una cantidad mucho mayor para que el olor llegue a ser perceptible.
Esto es importante porque, cuando un receptor está saturado, añadir más olor no produce una respuesta mayor. A partir de ese punto, para el sistema olfativo da igual que haya “uno” o “siete”: la señal percibida es la misma. Es decir, el instrumento deja de poder distinguir cuánto más hay. Esta falta de proporcionalidad no es exclusiva del olfato biológico; ocurre también en sistemas de detección artificial, como las narices electrónicas. Estos sistemas, debido a su alta sensibilidad, pueden saturarse con facilidad a concentraciones elevadas y dar la misma señal para cantidades muy diferentes de una sustancia. Por ejemplo, en nuestro cromatógrafo de gases acoplado a espectrometría de masas, una muestra de 1 kg de TATP puede generar una señal similar a la de una muestra de 100 gramos, sin que ello implique que la cantidad real de compuestos volátiles presentes en el ambiente sea la misma.
Un ejemplo sencillo ayuda a entenderlo. Imagina que entras en una cocina donde alguien ha comido mandarinas (imagen 3). ¿Serías capaz de decir cuántas? No si fueron dos o tres, sino simplemente si fue una o más de una. La mandarina emite un olor intenso y nuestros receptores se saturan con facilidad. En un espacio cerrado y con condiciones estables, llega un punto en el que, aunque haya más cantidad de sustancia y se liberen más moléculas al aire, la respuesta olfativa es la misma.
Las combinaciones entre propiedades moleculares, condiciones ambientales y procesos químicos como los equilibrios de fase, que explican por qué, en determinadas condiciones, una gran cantidad de sólido puede generar en el aire la misma concentración de moléculas que una cantidad muy pequeña, hacen que no se pueda establecer una equivalencia directa entre “cantidad de sustancia” y “olor generado”. Esta relación no es necesariamente lineal porque depende de múltiples factores externos y, además, cuantificarla con precisión está limitado por las propias capacidades del instrumental de medida.
Por tanto, cualquier cifra que se ofreciera solo sería válida para unas condiciones muy concretas y dejaría de serlo en cuanto esas condiciones cambiasen.




